viernes, 15 de febrero de 2013

Los códigos de Ratzinger.



Benedicto XVI  no ha muerto biológicamente, ni siquiera está gravemente enfermo,  el sucesor de Juan Pablo II sencillamente ha dimitido, cosa que no le honra por dos cosas: los capitanes no saltan cuando parece que el barco se hunde, en este caso es el Vaticano el que está en llamas, y segundo se supone que entre los cometidos de su pontificado estaba limpiar la Capilla Sixtina,  haciendo de la ejemplaridad el más potente argumento de la moral. Pero no, el campo de minas que es la curia romana, empequeñece los affaires más turbios de la política española.
 
La herencia que recibió y que conocía perfectamente, queda sin revisar suficientemente,  la cual estaba plagada de macro escándalos sexuales y financieros de algunos de sus cardenales, obispos y curas, coronada por sus cuervos que han quebrado  con las filtraciones, uno de los bienes más sagrados del Estado Vaticano,  “el dogma de la opacidad”, donde la transparencia es delito  eclesial.

El legado que deja el teólogo germano, sepultador con el polaco Wojtyla del Concilio Vaticano II y azote de la teología de la liberación, es  su bendita cruzada contra los matrimonios homosexuales, su forofa maldición sobre el ejercicio de interrumpir los embarazos, su fobia traducida  en ley divina sobre la invisibilidad de las mujeres en la Iglesia, su exacerbado verbo contra los preservativos, su afilado discurso contra la fecundación artificial, y sus tropas dialécticas contra el derecho a una muerte digna,  amén de su talibanismo antilaicista , y para no hacer leña del árbol caído me abstendré de recordar como su primera visita a España en 2006, para presidir en Valencia el V Encuentro Mundial de la Familia, terminó incluida en “el caso Gurtel”.

Como aportación contemporánea para la cristiandad si hay que reconocerle la incorporación a  Twitter y a  Facebook, la supresión del limbo que tan de calle traía  a los que no son malos de solemnidad, la recuperación de una lengua muerta como el latín  y el cuestionamiento de la  presencia de la mula y el buey en el nacimiento de Jesucristo.

Los áulicos  ultras, maestros de la conspiración y que él alimentó en el dantesco Vaticano lo han devorado, y su penitencia es la derrota por no haberlos condenado, ahora ya solo le queda desde la clausura rezar hasta la eternidad.
Kechu Aramburu.
El Correo de Andalucía, jueves 14 de febrero de 2013.