
No hacía mucho que él me había iniciado, renglón a renglón en "La dialéctica sin dogma” de Robert Havemann, luego tuve la oportunidad antes de entrar en la Universidad de vivir en directo el Mayo del 68 en la mítica calle San Fernando, desafiando a los temidos “Grises” de entonces, montados a caballo. Poco después llegué a la Hispalense tras una generación privilegiada donde acababan de terminar sus carreras una de las cosechas políticas más brillantes de la Historia de España.
Aquella fue la gran escuela donde conciencia y conocimiento encontraron el caldo de cultivo de unas mujeres que fuimos maquinistas del tren de la resistencia antifranquista. En los albores de esos trepidantes años, recuerdo una noche, en los calabozos de la comisaría de la Gavidia, donde nos habían llevado como siempre, en los aparatosos furgones, después de detenernos en un encierro, aquella vez en la Facultad de Derecho, y en las confesiones de los sótanos, dada la proximidad, me dijo una dirigente maoísta: “el problema, Kechu, es que tú planteas la liberación de la mujer como un objetivo autónomo de la lucha de clases, y eso tiene un tufo “pequeñoburgués”. Yo le contesté que feminismo y marxismo no siempre habían sido un matrimonio bien avenido.

La verdad es que por entonces todas las injusticias me parecían obligadamente combatibles, pero había especialmente una, la de la discriminación de la mitad de la sociedad, las mujeres, que me parecía salvaje, y empecé y continué con otras mujeres a fundar y organizar un rosario de organizaciones feministas, muchas de ellas en función de las tendencias políticas, que iban desde el feminismo social, o el de la diferencia hasta el feminismo radical; y todo ello en plena eclosión de las llamadas revueltas estudiantiles, y en el inicio de los últimos coletazos del franquismo, una de las etapas más represivas de la dictadura, donde nuestros más íntimos compañeros de viaje eran “la vietnamita”, el nombre de guerra y la clandestinidad.
Las feministas teníamos referentes en España: Clara Campoamor, Victoria Kent, Dolores Ibarruri… y como la violencia del machismo institucional era tan incisiva, nos obligó a vincular la lucha por las libertades con la lucha por la liberación de las mujeres: la despenalización de los anticonceptivos, la despenalización del aborto, la eliminación del delito del adulterio femenino, o la lucha por la ley del divorcio. En las calles, en las fábricas, en las universidades, en aquel momento, el movimiento obrero, estudiantil y el movimiento feminista nos conjuramos para la conquista de una democracia anti-patriarcal.

Fdo: Kechu Aramburu.